Hay palabras que viven en mí. Duermen, yacen, permanecen en mi mente y cobran vida por las noches, no me acechan, ni me persiguen solo están. Tal vez sólo esperan el frío de una madrugada otoño para despertar.
Y así, sin aviso comienzan a brillar en la noche como estrellas que de pronto se van revelando tras las nubes, empiezan a iluminarse cada vez con mayor fuerza. Unas con un tímido centelleo, otras con una luminosidad que compite con la luna. Intermitentes recordatorios de que mi mente no está lista para el sueño, llegan nombres y sinónimos, sentimientos y sentires, palabras rimbombantes, audaces y procaces.
Acuden en tropel no las puedo atrapar todas, capturo algunas y las plasmo, pero otras simplemente escapan; son más veloces que yo y que mis dedos, y aun así las letras siguen apareciendo.
Y de repente, el silencio, una pausa que parece interrumpir una sinfonía que se empezaba a gestar en mi cabeza.
La velocidad con que surgían en un inicio, se convierte de pronto en un goteo, espero que regresen, que surja la siguiente que acabe de dar sentido a todo lo que estoy pensando. Pero olvido que no estoy pensando, sólo escucho y escribo. ¿Eso es la inspiración? Henry Miller solía llevar libretas para atrapar sus pensamientos, decía que antes de tener el "oficio" de escritor se le escaparon miles de ideas por no contar en ese momento con una pluma para capturalas.
No sé si me pasa igual, nadie es Henry Miller. Hoy, por lo menos tuve la valentía de intentar detener a las palabras, no estoy segura de haberlo conseguido, pero si el insomnio sirve de algo, estaré atenta para escuchar su dictado.
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