miércoles, 3 de diciembre de 2014

La hoja en blaco

Han pasado varios días, una semana casi sin parar por aquí.

La intimidante "hoja en blanco" me observa, espera que la ataque con las letras. ¿Dije ataque? sí porque la hoja en blanco es paz o es el enemigo o el porvenir, y entonces ¿porqué el ataque?

Debería fundamentar esta relación más en la cordialidad y en la colaboración que en el miedo y la ira, ¿de dónde me surge entonces la palabra ataque?

Probablemente la confrontación (regresa la beligerancia) se deba a que me veo a mi misma y mis limitantes, al saber que, no me considero particularmente talentosa como para tener el derecho de asumir que alguien va a leer lo que escribo.

Por otro lado, sé que hay miles de personas que no enfrentan este pudor o la reverencia que yo poseo por la palabra escrita y la mancillan sin remordimiento alguno, en ocasiones con enormes dividendos.

Cualquiera puede escribir, ¿no es así? supongo que la premisa es cierta.

No cualquiera, sin embargo, sabe usar las palabras o puede tocar el alma con ellas, ese privilegio está reservado para muy pocos. Los he tenido de frente y he dialogado con ellos, todos de distintas épocas, muchos fueron mis primeros amores, otros lo siguen siendo y es entonces cuando pienso, ¿qué derecho tengo yo de poner letras en una hoja en blanco? cuando Anaïs ya lo hizo, o Sylvia Plath lo lloró, o cuando Cortázar reinventó un idioma para llegar a lo más profundo de la magia de las letras. O Henrry Miller decidió incendiar las palabras para cauterizar su modo de ver la vida en mi cabeza. ¿Quién me da ese derecho?

Nadie da ni quita nada; no es un derecho que se otorgue o se deba restringir. Escribir se vuelve necesario, simplemente resulta inevitable.

Escribo para vivir, de esto como;  pero no escribo lo que quiero sino lo que me piden,

Si este ejercicio libre y autónomo me intimida, es porque probablemente, como a muchos, me da miedo mirarme al espejo y que no  me guste lo que ahí se retrata.

Aun así, asumido el miedo, siguen surgiendo las palabras; hay más armonía con la hoja en blanco, ya no es más la antagonista, tampoco se convierte en interlocutor, más bien es el receptáculo del pensamiento que se ve enriquecido al buscar la palabra precisa,

Las palabras. Uno de mis títulos favoritos de Sartre es sin duda "Las palabras" ¿ahí está el miedo? ¿en las palabras? en no ser capaz de utilizarlas armónica, casi musicalmente, pero con el sentido y la fuerza que poseen.

¿Ese respeto es el que me ata? la soga, entonces no es tan fuerte o el nudo no está bien sujeto, porque las palabras se me siguen presentado y las sigo vaciando en esta fuente (dejo aquí el lenguaje violento) para que al ser recibidas me muestren un reflejo de mi misma, tal vez no el más preciso, pero si algo cercano, similar a mi, uno que se disipará con el tiempo, pero que por un momento estuvo ahí, presente recordándome quién soy o puedo ser y porqué decido escribir.

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