miércoles, 4 de febrero de 2015

Whiplash




Siempre me gustaron las películas musicales; hubo un tiempo en que solía ser sumamente indulgente al respecto, mientras bailaran y cantaran medianamente bien, me parecían buenas películas. 

Eventualmente mi criterio fue construyéndose de modo tal, que en la actualidad no puedo tolerar malos musicales, algunos inclusive me producen un enorme enojo que a veces quisiera expresar de forma física, como me sucedió con "Nine" (insufrible, nunca terminé de verla).

Ahora bien, cuando la película se hace con rigor, con un discurso dramático y una puesta en cámara tan precisa como en "Whiplash", la sensación que me produce es de una enorme emoción que me resulta muy difícil expresar con palabras. 

Las primeras escenas son muy claras; Andrew y su batería, esa será la constante. La música y el ritmo son lo único trascendente para él y para su tirano profesor/director/mentor Fletcher. 

Es fácil ser empático con Andrew, es un buen chico, abandonado por su madre y cariñoso con su padre; determinado sin duda y dulce, por lo menos en un principio.

Esa determinación y la pasión de Andrew, son el motor, vehículo y camino para conseguir lo que para él es el más grande anhelo, ser una leyenda de la batería en la música jazz. 

¿Alguien sabe algo de jazz? Yo sólo las pocas reminiscencias que existen en la música de Sting, y por supuesto conozco a Branford Marsellis; esto me hace suponer que el público que ha visto Whiplash es igual de neófito o ignorante que yo en el tema, por lo que no se siente ofendido por el poco conocimiento de Damien Chazelle en tan elevado género. (como leí en alguna crítica de un purista del jazz.)

La música es, en efecto, casi otro personaje, pero lo importante es la relación entre Andrew y Fletcher, ese maestro que jamás se sentirá satisfecho, porque las palabras más dañinas del idioma inglés son "good job". 

Nada de lo que haga Andrew será ni siquiera aceptable, es un privilegio sólo poder tocar en la orquesta del omnipotente Fletcher; y por eso son la pareja perfecta. Andrew sabe que sólo alguien como Fletcher podrá ayudarlo a ser el gran baterista que está destinado a ser; porque para Andrew no hay plan B. 

Así, queda claro que nada es más significativo que la aprobación de su maestro, no lo es la de su padre, mucho menos la de Nicole, la insignificante e insulsa novia, que no es más que una distracción para que él consiga un objetivo mucho mayor: convertirse en un gran músico, aunque esto sólo sea reconocido por un reducidísimo universo de amantes del jazz. 

Andrew es ambicioso, ansía el reconocimiento y a medida que avanza la relación con Fletcher, éste se va asemejando más a su violento profesor. Iracundo, soberbio, cruel inclusive. En esta nueva faceta Andrew desarrolla  emociones más complejas que utilizará para conseguir sus objetivos. 

Chazelle logra que todo funcione a favor de la película, el montaje está marcado por la melodía, y el ritmo de la obra es como el de una canción,

El final, por supuesto, es la cúspide de lo que fue la historia y sin saber qué pasará después, el espectador se queda con lo único que importa, lo que ha importado siempre: la música y lo que la melodía y el ritmo le hacen sentir, así de efímera y así de poderosa.

Si aman la música y no son puristas del jazz, Whiplash los hará sentir, de eso se trata.

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