jueves, 11 de diciembre de 2014

Poesía en chilango.

Descubro la poesía en mi idioma; hoy encuentro palabras que me tocan y conmueven; descubro la voz de un hombre que habla de mujeres y ciudades y el amor y la muerte de formas exultantes, épicas incluso.

Es posible hacer poesía de un trayecto en autobús y gracias a la belleza y precisión de cada palabra transformar la vulgaridad en proeza literaria. Alquimia pura. 

Encontré a Efraín Huerta debido a un inesperado obsequio que no he agradecido apropiadamente, no sé como agradecerlo en realidad. Espero que estas palabras contribuyan a ello, pero creo que lo mejor que puedo hacer es convertirme en publicista de su obra. 

Era enorme en su poesía Efraín Huerta. No tan conocido, probablemente por haber sido contemporáneo y amigo de Paz, el inmenso Paz, de quién todos hablan y que muy pocos han leído (cuéntenme entre ellos). Del poeta Paz no se habla tanto como del intelectual y del famoso Paz; imaginen cuán lejos quedará el poeta Huerta a la sombra de Paz. 

Pero aquí estoy yo, la nueva entusiasta y promotora de Huerta; aunque como entusiasta y promotora de Miller, Nïn, Márai y Plath no he sido particularmente exitosa, puedo decir que algunos han escuchado, o mejor dicho, han percibido el enorme gozo que encuentro cada vez que las letras de un grande se topan con mis ojos. 

Es este pues, mi pequeño homenaje a Huerta, al poeta que me hizo re descubrir la belleza de mi idioma, distinto al de Cortázar, o al de Bolaño, por que uno hablaba argentino y el otro chileno, y ninguno, por más cercanos que estén, es mexicano, ni mucho menos defeño. (aunque Huerta haya nacido en Guanajuato, esa circunstancia lo convierte en chilango; mejor aún)

Van para ti Efraín Huerta mis palabras y mi nuevo amor por la poesía mexicana, por la poesía chilnaga que me es más cierta y más cercana. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Importa demasiado


He querido escribir sobre este tema desde hace algunos días, el problema es que, como casi siempre, no tenía muy claro lo que quería decir. No sé si ya lo tengo, pero si no empiezo a ponerlo en blanco y negro, seguirá difuso. 

Hace poco mi prima publicó en Facebook, con lo que asumo es admiración por las modelos que salieron en el más reciente desfile de Victora's Secret, un  comentario en el que clamaba porque alguien le dijera que, en efecto, esas no eran mujeres reales sino el resultado de la ciencia, un experimento de eugenesia, la participación de extraterrestres u hologramas creados en una sala de edición de los estudios de una agencia de publicidad.

Ante el comentario, no supe que escribir, tenía ganas de decir muchas cosas, pero no tenía claros los sentimientos que, no solo su comentario, sino otras afirmaciones me provocaban; así que solo respondí con un sincero "sin palabras".

Sin palabras porque yo también creo que esas mujeres de 1.80 metros y 50 kilos de peso son hermosas; pero, también sin palabras porque, si bien esas mujeres que se consideran por la mayor parte del mundo occidental como "perfectas" no son un "modelo" a seguir para mí. Y, a pesar de ello, el sistema en el que estamos inmersos consigue parcialmente un objetivo funesto: me siento mal por no parecerme a una mujer de 20 años de 1.80 metros y que pesa 50 kilos... y aquí hago una pausa, de verdad ¿me siento mal por no parecerme a una mujer de 20 años, 1.80 metros y 50 kilos?

No, claro que no me siento mal por eso,  pero siendo una mujer de 40 años. que apenas pasa del metro y medio de altura y con sobrepeso, me siento menos atractiva en comparación con esas esculturas vivientes,  y es ahí donde creo que radica el problema.

Para la sociedad en la que vivo; tener sobrepeso, lonjitas, celulitis, no tener el cutis impecable ni las piernas delgadas; en pocas palabras, no verte "cogible" es un grave defecto.

¿Pero quién hace que todo esto sea válido? Esa es la pregunta y creo que todos contribuimos en alguna medida a hacer legítima esta afirmación. 

Estoy casi segura que estas mujeres "perfectas" no saben que son parte de un sistema que procura minimizar al "ser humano", no están conscientes  de que sólo por ser hermosas, no comer más de 1000 calorías a la semana y presentarse en ropa interior, contribuyen a perpetuar una imagen "irreal" y utilitaria de la mujer.Alguna de estas exponentes de la belleza dijo alguna vez, "mi trabajo no es pensar, es verme hermosa" Cierto. Ellas hacen lo que les hace felices, (o eso creo) esa es su decisión y su forma de vida, no es mi labor censurar o denigrar a este tipo de mujeres, ni tampoco descalificarlas por sus intereses, nivel cultural o intelectual.

El problema es que en esta sociedad importa demasiado nuestra apariencia física, y todos en alguna medida caemos en esa "demasía". Es decir, si arreglarme, maquillarme y peinarme todos los días me hace sentir bien, a mi y lo hago por mi; todo recae en mi bienestar, por que, como dice mi terapeuta, mi necesidad va acorde con lo que dicta la sociedad.

El problema se presenta cuando la sociedad impone (mediante anuncios, tallas, programas, películas, etc) cómo "debe" verse y comportarse una mujer que "merezca" ser amada o deseada, (no necesariamente ambas) y cada una de nosotras admitimos qué esa es la forma en la que debemos vernos o comportarnos, a pesar de nuestra necesidad; es en ese momento en que empezamos a caer inconscientemente en un perverso sistema que nos violenta y nos pone en un lugar inferior como seres humanos.

Cuando la "sociedad" pasa sobre mi necesidad es cuando mi humanidad tiene que poner un alto. Desafortunadamente, el mensaje es muy poderoso y constante, las recompensas a la belleza física son muchas en todos los niveles, desde muy temprano se nos enseña que: "como te ven te tratan" y romper, o tratar de romper con ese mensaje se vuelve un esfuerzo de años, inclusive de toda una vida; el objetivo no siempre se consigue y hay quienes literalmente mueren en el intento por encajar en un modelo impuesto.

Importa demasiado, porque todos somos cómplices de que así sea. En mi caso y en muchos que conozco es trascendental cuánto pesamos o qué talla somos, no es un número, es lo que define en no pocas maneras, nuestra forma de interactuar con la sociedad y con nosotras mismas; yo he puesto en riesgo mi bienestar por tratar de ser flaca, le he dado un valor excesivo a ser delgada, pero esa necesidad  no surgió de mi, sino de un deseo por sentirme amada y aceptada por otros,  y no soy un caso aislado.

La mayoría de las mujeres de mi generación tenemos problemas de auto imagen, porque se nos ha impuesto la necesidad de parecer algo que nunca conseguiremos: ser mujeres de 1.80 metros y 50 kilos.

Si, por supuesto que las chicas que salen en los desfiles de Victoria's Secret son hermosas, y ellas no son culpables de que el resto de las mujeres nos sintamos incómodas con nuestra imagen, (me gustaría preguntarles ¿qué tan cómodas se sienten con ellas mismas?) no es su responsabilidad, sino la nuestra, recatar nuestra humanidad.

Sé que tratar de cambiar mi percepción ante mi misma es trabajo diario; y tener la fuerza de admitir que soy bella, sin tratar de cumplir estereotipos ajenos e inalcanzables es un esfuerzo que implica re valorar mi parte humana, lejos de lo que "otros" (entiéndase por ello la sociedad, otras mujeres, y  hombres) piensen de mi aspecto físico.

La admiración de la belleza es algo intrínseco del ser humano, pero es nuestra labor buscar la belleza en todo, y no sólo en las modelos "perfectas" de una marca de calzones. Empiezo por admitir que no importando lo que hoy pese o qué talla sea, sigo siendo hermosa porque soy yo. 





miércoles, 3 de diciembre de 2014

La hoja en blaco

Han pasado varios días, una semana casi sin parar por aquí.

La intimidante "hoja en blanco" me observa, espera que la ataque con las letras. ¿Dije ataque? sí porque la hoja en blanco es paz o es el enemigo o el porvenir, y entonces ¿porqué el ataque?

Debería fundamentar esta relación más en la cordialidad y en la colaboración que en el miedo y la ira, ¿de dónde me surge entonces la palabra ataque?

Probablemente la confrontación (regresa la beligerancia) se deba a que me veo a mi misma y mis limitantes, al saber que, no me considero particularmente talentosa como para tener el derecho de asumir que alguien va a leer lo que escribo.

Por otro lado, sé que hay miles de personas que no enfrentan este pudor o la reverencia que yo poseo por la palabra escrita y la mancillan sin remordimiento alguno, en ocasiones con enormes dividendos.

Cualquiera puede escribir, ¿no es así? supongo que la premisa es cierta.

No cualquiera, sin embargo, sabe usar las palabras o puede tocar el alma con ellas, ese privilegio está reservado para muy pocos. Los he tenido de frente y he dialogado con ellos, todos de distintas épocas, muchos fueron mis primeros amores, otros lo siguen siendo y es entonces cuando pienso, ¿qué derecho tengo yo de poner letras en una hoja en blanco? cuando Anaïs ya lo hizo, o Sylvia Plath lo lloró, o cuando Cortázar reinventó un idioma para llegar a lo más profundo de la magia de las letras. O Henrry Miller decidió incendiar las palabras para cauterizar su modo de ver la vida en mi cabeza. ¿Quién me da ese derecho?

Nadie da ni quita nada; no es un derecho que se otorgue o se deba restringir. Escribir se vuelve necesario, simplemente resulta inevitable.

Escribo para vivir, de esto como;  pero no escribo lo que quiero sino lo que me piden,

Si este ejercicio libre y autónomo me intimida, es porque probablemente, como a muchos, me da miedo mirarme al espejo y que no  me guste lo que ahí se retrata.

Aun así, asumido el miedo, siguen surgiendo las palabras; hay más armonía con la hoja en blanco, ya no es más la antagonista, tampoco se convierte en interlocutor, más bien es el receptáculo del pensamiento que se ve enriquecido al buscar la palabra precisa,

Las palabras. Uno de mis títulos favoritos de Sartre es sin duda "Las palabras" ¿ahí está el miedo? ¿en las palabras? en no ser capaz de utilizarlas armónica, casi musicalmente, pero con el sentido y la fuerza que poseen.

¿Ese respeto es el que me ata? la soga, entonces no es tan fuerte o el nudo no está bien sujeto, porque las palabras se me siguen presentado y las sigo vaciando en esta fuente (dejo aquí el lenguaje violento) para que al ser recibidas me muestren un reflejo de mi misma, tal vez no el más preciso, pero si algo cercano, similar a mi, uno que se disipará con el tiempo, pero que por un momento estuvo ahí, presente recordándome quién soy o puedo ser y porqué decido escribir.