martes, 23 de febrero de 2016

Mi abuela


Han transcurrido casi 2 meses y no he estado lo suficientemente presente, inspirada, o en paz para escribir.

Empecé este espacio solo para mi, y para registrar las palabras que surgen de mis pensamientos, sin embargo tengo una enrome deuda; no he escrito sobre alguien que fue fundamental en mi vida, y a quien he conocido más por los relatos de otras personas que por el tiempo que convivimos juntas.

Socorro Bertha Múñoz Gálvez (creo que ese era su segundo apellido); para todos era simplemente "Corra".

Mi abuela nació en 1908, un 29 de enero, y fue la tercera de cinco hermanos.

Una mujer atípica para su época, rompió con lo establecido, fue precursora y protagonista, era una fuerza por si misma y nunca necesitó un hombre a su lado para trascender.  Lo más importante para mí, es que logró ser un ejemplo de gozo y dicha en todas las vidas que tocó.

El único recuerdo triste que tengo de mi infancia se ubica en la parte trasera de un auto enorme, que se aleja lentamente de un hospital. Me acaban de decir que mi Corra se fue al cielo.

No lloré, tal vez desde entonces las lágrimas se alejan en los momentos más difíciles. Lo que sentí fue un profundo vacío que se replica en mi pecho al escribir estas letras.

4 años tan sólo y Corra marcó mi vida. Recuerdo sus manos con las uñas pintadas de rojo, con un manicura perfecto, arrugadas y llenas de pecas, pero suaves y ataviadas con enormes anillos de muchas piedritas de colores.

El pelo siempre con peinado de "salón" y su olor inconfundible, como una mezcla dulce de flores, madera y vejez.

Corra siempre estaba de buen humor, jugaba con mi hermano y conmigo mientras hacia innumerables llamadas telefónicas, tomaba su café y se fumaba un cigarro.

Nada es tan entrañable para mi como los recuerdos de mi infancia en el inmenso departamento de mi Corra, mientras Pelón y yo jugábamos "parcacé" o "cosmos", comíamos galletas de abanico sopeadas en leche y mi hermano hacía "chapus" para ganar el juego.

Mi abuela era muy distinta a mi madre, tanto como yo.
Hoy, sé lo que hizo y cómo influyó en la vida de miles de mujeres. De manera anónima fue una de las impulsoras de la creación de guarderías para las mujeres que trabajaban en PEMEX.

No estoy segura de cómo o en qué calidad, pero  sé que llegó a viajar a Ginebra, sede de la Organización Internacional del Trabajo para buscar mayores beneficios para las mujeres trabajadoras.

Mi abuela fue más grande de lo que pueden expresar mis palabras, en una época de opresión, pudo liberarse de los atavismos y los dedos que la señalaban por que era una madre sola (mi abuelo la abandonó con 3 hijos pequeños) y ese fue probablemente su impulso para sobresalir.

La salud, fue lo único que abandonó a mi abuela. Padecía dolores terribles por una artritis que nunca la detuvo para realizar viajes por el mundo y para gozar la vida, bailaba con muletas, amaba la música, tomaba martinis y siempre tenía una sonrisa en los labios.

Fue generosa, solidaria y una acérrima defensora de las mujeres, porque ella sabía lo difícil que era sobresalir en un mundo hecho para hombres. Era también una creyente anticlerical.

Fue una gran bailarina en su juventud, tal vez eso era lo que más extrañaba de no poder caminar, pero jamás se quejaba, ni se auto-compadecía.

No lloraba,  ni se lamentaba por el dolor, por lo menos en público. Mi mamá me cuenta que mis primeras palabras fueron "ay, ay, ay"; pasaba mucho tiempo a solas con Corra; seguramente podía expresarse sabiendo que no la delataría.

Sus oraciones eran igual que ella, directas, contundentes: "Ya suéltame, ¿no tienes por ahí otro pendejo?".

Contaba y hacia chistes todo el tiempo, estaba siempre enterada de la moda, la música, las películas del momento; pero sobre todo era AMOR y GOZO.

A mi papá lo quiso como si hubiera sido su hijo, me cuentan que su velorio fue una de las 3 ocasiones en las que se la ha visto llorar.

Al morir, Corra no desapareció, sigue presente en nuestras vidas todo el tiempo, todos los días.

Para mi, es una fuerza y baluarte; una persona que ha adquirido proporciones míticas.

Me gusta creer que Corra estaría orgullosa de mí, que disfrutaríamos charlas interminables, conciertos, viajes.

A veces sueño que solo nos mirarnos a los ojos y acaricio esas manos suaves, llenas de pecas y anillos; cuando despierto en esas raras ocasiones, puedo aún sentir su olor.









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