martes, 2 de julio de 2019

Argentina


Argentina fuiste tú, fue mate y sexo, fue conocernos y enamorarnos, fueron cataratas y noches sin dormir porque era muy poco el tiempo y demasiado el deseo.

Era invierno, no recordaba bien tu rostro y tampoco tu estatura, pero estabas ahí, esperándome, seguramente con la misma incertidumbre que yo y desando que tu memoria no se alejara de la realidad.

No somos de la especie romántica y melosa de las comedias cinematográficas; somos más bien secos, desconfiados, ninguno de los dos sabe qué va a suceder y sin embargo ahí estamos, a miles de kilómetros de distancia de nuestros hogares, solo para estar juntos otra vez.

Y así, casi sin conocernos, años después de habernos visto por primera vez, empezamos esta historia.

Un departamento que no nos pertenece se convierte en nuestro primer hogar. Me recibes con vino y ya has cocinado la cena, todo eso es el preámbulo para por fin, comenzar a descubrir aquello  que tanto anhelábamos.

Y todo se dio sin esfuerzo, de inmediato me cautiva tu espalda tatuada, iniciamos lentamente, y luego ya no hay freno, el deseo ha esperado demasiado y las horas se nos hacen breves para una pasión que ha estado confinada a la imaginación.

La mañana termina sin que nos demos cuenta,  porque no ha habido reposo, Buenos Aires está a la espera, pero nuestra sed es de piel, no de concreto.

Para ti, la ciudad es un caótico remedo de tu nueva patria; para mi es el marco perfecto para continuar lo que no pudo nacer en Atenas.

Me hablas de tu país, de su historia, de lo que te alejó de él y de tus motivos para no regresar. Caminamos, hablamos y reímos, nuestras conversaciones no cesan, es mucho lo que queremos saber uno del otro y no tenemos tiempo para ser turistas.

Rosario es tu casa, tu familia, todo es sencillo y cálido. Se hace más difícil la intimidad y aún así no dejamos que pasen demasiadas horas sin sentirnos, sin tocarnos, me compartes tus recuerdos de infancia, tu escuela, y me haces parte de lo más cercano a ti.  Aunque vives lejos, me doy cuenta que el amor en el que creciste sigue ahí, rodeándote, se ve en las risas, en las miradas de los niños, se nota en las anécdotas, se bebe en el mate, se percibe en el asado, en las burlas propias de hermanos.

Después, Iguazú; que se ha convertido en mi memoria en el lugar donde nos enamoramos. Sin interrupciones y con mayor confianza, somos ya parte del otro, no importa lo que suceda después, hoy sé que mi cuerpo no va a olvidar el tuyo, y sin miedo nos dejamos la piel y el alma, tal vez porque sabemos que no hay futuro para nosotros. Los últimos momentos en Iguazú me revelan un poco de una ira desconocida, comprendo que la idea de separarnos te provoca frustración, no quieres hablar de despedidas. Estamos demasiado embriagados de este sentimiento que aún no es amor, pero se parece. Luego las lágrimas.

Al volver a Buenos Aires es como si la ciudad nos abrazara, como si estuviera esperando nuestro regreso para decirnos que, en efecto, sus calles fueron el escenario ideal de nuestra pequeña historia, que sus aceras y nuestras vidas siempre estarán ligadas, porque a pesar de todo, esto, que no es amor, pudo florecer en invierno.












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