Theo
Angelopoulos: La poesía a través del cine.
Al
querer hablar de uno de mis directores favoritos me empecé a dar cuenta lo poco
que en realidad sé sobre Theo Angelopoulos. Cuando murió en 2012 yo ya había
estado expuesta a su obra; nunca tuve la oportunidad de conocerlo, porque el día
que estaba planeada su visita a la Cineteca Nacional para presentar la primera
parte de su trilogía inconclusa, “Eleni” (2004) se enfermó y su esposa fue quien explicó su ausencia.
Para
quienes no conocen el cine de Angelopoulos sería muy difícil intentar
explicarles porque, quienes lo hemos experimentado coincidimos en afirmar que la
poesía también se puede hacer en cine, y él sin duda, sería merecedor del
Nobel.
El
cine hecho por Angelopoulos es una experiencia como ninguna otra y es necesario
hacer un esfuerzo al que no estamos acostumbrados para sentir su visión de la
vida y la historia, digo sentir por que estoy convencida de que el cine está hecho
para no para "entender" sino para provocar emociones, algunas muy básicas, otras sumamente profundas.
Creo
que la aproximación a la obra de un autor es como un viaje, con las
subjetividades que éste implica.
En mi caso, Angelopoulos se me presentó con
“Paisaje en la Niebla” (1988) y en ese momento empecé a entender que existe
otro tipo de cine, uno que exige una participación más activa del espectador, y
que antes que el diálogo o la historia está siempre la imagen.
Como
lo mencioné, este tipo de cinematografía se sale de lo que la mayoría de las
personas están habituadas a ver en pantalla; por ejemplo; la primera imagen
de Paisaje en la Niebla es un oscuro total, se escucha sólo la voz de una
pequeña que pregunta ¿tienes miedo? … Ahí iniciará el viaje de Alexandros y
Voula, dos pequeños que deciden ir en busca de su padre a Alemania hacia un
destino tan irreal como ver un paisaje en la niebla.
Todos
los elementos de la narrativa cinematográfica juegan un papel fundamental en
los filmes de Angelopoulos; la música, las imágenes y las palabras se
complementan, y cada una nos habla de manera distinta pero todas contribuyen a
la experiencia que vivimos cuando nos exponemos a su obra.
Probablemente
esa sea la característica primordial de los filmes de Angelopoulos; es una
experiencia; una vez que se ha visto una de sus películas, particularmente
“Paisaje en la Niebla” o “La eternidad y un día” (1998) no es posible
permanecer indiferente al efecto o la vivencia que ha dejado.
Recientemente
tuve la oportunidad de volver a ver “Paisaje en la Niebla”, muchos de los que
estaban en la sala no habían tenido oportunidad de verla y, podría decir que
muy pocos conocían la obra de este autor.
Las reacciones fueron muy elocuentes,
y similar a lo que narra Andrew Horton en su libro[1]; todos quedaron
enmudecidos. Sólo pude pensar que para mí esa “primera vez” fue exactamente
igual.
El
viaje que emprende el espectador al lado de estos pequeños puede ser tan
profundo y tan transformador como el de los personajes mismos.
Aquí,
el ritmo es fundamental, se nos ha dado a entender que el viaje lleva pospuesto
mucho tiempo, pero cuando están a punto de subir al tren, cuyo destino es un
sueño, hay una pausa, y en el momento de alcanzar el primer escalón ya no hay
vuelta atrás.
Las
tomas largas y los planos secuencia, también son una parte esencial de la
narrativa, en una de las primeras imágenes, de las muchas que se nos quedarán
en el corazón, la gente del pueblo sale a ver la nieve como si fuera la primera
vez y es casi como ver una pintura.
Angelopoulos
es un hombre que se dedició a Grecia y a lo que es “griego” pero esa Grecia
está muy alejada de los folletos de turismo, de Mikonos o Santorini, y también
está lejos de Atenas y las zonas arqueológicas; aunque los mitos siempre están
ahí para recordarnos quienes fueron los creadores del drama y la tragedia, de
las grandes épicas y los arquetipos que moldean nuestra cultura.
La
Grecia que le interesa a Angelopoulos es la rural, la que nadie ve, la que
emigra como única alternativa, la que aún conserva costumbres antiguas, la que
recuerda, por que ha vivido las guerras. Siempre hay viajeros en sus películas y siempre hay artistas.
“El
viaje de los comediantes” (1975) es también una “road movie” que sigue la
travesía de un grupo de actores con la única finalidad de representar una obra y a través de ellos podemos conocer la historia de
Grecia. Este mismo recurso es utilizado en un magistral plano secuencia de “Paisaje
en la Niebla” cuando en una toma de 2 o 3 minutos, se hace una síntesis de la
historia del país.
¿A
dónde se dirigen los viajeros de los filmes de Angelopoulos? Ese es el tipo de preguntas
que nos dejan.
La
búsqueda de Alex y Voula es concreta, buscan su origen; pero Orestes, el actor
que los acompaña en un buen trecho del viaje, no tiene igual de claro su
destino y Angelopoulos nos lo hace evidente cuando sale del agua una mano
monumental y se eleva sobre el cielo de Tesalónica, sólo que esa mano no tiene
índice y como no hay un dios, tampoco hay respuestas para Orestes.
Cada
escena que se nos presenta en una película de Theo Angelopoulos nos obliga a
situarnos en un lugar de introspección; un lugar al que no estamos habituados y
menos aún en la era de lo inmediato. El mundo de la “selfie” no es un mundo que
pueda comprender el cine de Angelopoulos en el cual se plantea justo lo opuesto.
Ver
desde fuera, incluyendo al paisaje, pero hacerlo lento muy pausadamente, es lo
que nos permite llegar a lo más íntimo de cada personaje. Así es como nos
conecta con lo que nos hace humanos; las lágrimas de una niña en la noche
porque se da cuenta por primera vez lo que es amar a alguien, no se necesitan
palabras para entender su dolor, por eso Orestes le dice “siempre es así la
primera vez”.
Me
quedo con este cine, con estas visiones, con autores que se comprometen con su
entorno y con su historia, que buscan como Harvey Keitel en “La mirada de
Ulises” (1995) el origen de su cine, y con ello su propio origen.
Nunca
es sencillo este viaje, nos confronta con lo profundo y con lo que no es
común explorar, eso es lo que lo convierte no sólo en necesario sino en
indispensable.
Cada
película de Theo Angelopoulos es una declaración política, por que siempre se da
una confrontación entre las dos creaciones humanas más trascendentes: el arte y
la violencia. Orestes
quiere ser actor, pero lo fuerzan a ir al servicio militar, los actores que viajan
de pueblo en pueblo sin un teatro donde poder representar su obra y que son
derrotados ante el poder del dinero. Se presente la constante disyuntiva entre lo trascendente y lo efímero.
Un
niño es quién nos muestra la trascendencia del arte al detenerse para escuchar
atentamente al violinista que llega a tocar una pieza ante él, su única
audiencia, pero que se ve recompensado por el más sincero y conmovedor aplauso.
A
veces me parece que Angelopoulos es como ese violinista, que tiene un público
minúsculo; pero que a todos y cada uno nos ha conmovido de una forma esencial.
Para nadie que haya visto una sola de sus películas, el cine volvió a verse
igual; ese el poder de un poeta que por esta ocasión
decidió dedicarse al cine.
[1] HORTON, Andrew. “El cine de
Theo Angelopoulos Imagen y contemplación. Akal Ediciones. 2001. Madrid, España.
