viernes, 16 de diciembre de 2016

Theo Angelopoulos





Theo Angelopoulos: La poesía a través del cine.

Al querer hablar de uno de mis directores favoritos me empecé a dar cuenta lo poco que en realidad sé sobre Theo Angelopoulos. Cuando murió en 2012 yo ya había estado expuesta a su obra; nunca tuve la oportunidad de conocerlo, porque el día que estaba planeada su visita a la Cineteca Nacional para presentar la primera parte de su trilogía inconclusa, “Eleni” (2004) se enfermó y su esposa fue quien explicó su ausencia.

Para quienes no conocen el cine de Angelopoulos sería muy difícil intentar explicarles porque, quienes lo hemos experimentado coincidimos en afirmar que la poesía también se puede hacer en cine, y él sin duda, sería merecedor del Nobel.

El cine hecho por Angelopoulos es una experiencia como ninguna otra y es necesario hacer un esfuerzo al que no estamos acostumbrados para sentir su visión de la vida y la historia, digo sentir por que estoy convencida de que el cine está hecho para no para "entender" sino para provocar emociones, algunas muy básicas, otras sumamente profundas. 

Creo que la aproximación a la obra de un autor es como un viaje, con las subjetividades que éste implica. 

En mi caso, Angelopoulos se me presentó con “Paisaje en la Niebla” (1988) y en ese momento empecé a entender que existe otro tipo de cine, uno que exige una participación más activa del espectador, y que antes que el diálogo o la historia está siempre la imagen.

Como lo mencioné, este tipo de cinematografía se sale de lo que la mayoría de las personas están habituadas a ver en pantalla; por ejemplo; la primera imagen de Paisaje en la Niebla es un oscuro total, se escucha sólo la voz de una pequeña que pregunta ¿tienes miedo? … Ahí iniciará el viaje de Alexandros y Voula, dos pequeños que deciden ir en busca de su padre a Alemania hacia un destino tan irreal como ver un paisaje en la niebla.

Todos los elementos de la narrativa cinematográfica juegan un papel fundamental en los filmes de Angelopoulos; la música, las imágenes y las palabras se complementan, y cada una nos habla de manera distinta pero todas contribuyen a la experiencia que vivimos cuando nos exponemos a su obra.

Probablemente esa sea la característica primordial de los filmes de Angelopoulos; es una experiencia; una vez que se ha visto una de sus películas, particularmente “Paisaje en la Niebla” o “La eternidad y un día” (1998) no es posible permanecer indiferente al efecto o la vivencia que ha dejado.

Recientemente tuve la oportunidad de volver a ver “Paisaje en la Niebla”, muchos de los que estaban en la sala no habían tenido oportunidad de verla y, podría decir que muy pocos conocían la obra de este autor.

Las reacciones fueron muy elocuentes, y similar a lo que narra Andrew Horton en su libro[1]; todos quedaron enmudecidos. Sólo pude pensar que para mí esa “primera vez” fue exactamente igual.

El viaje que emprende el espectador al lado de estos pequeños puede ser tan profundo y tan transformador como el de los personajes mismos.

Aquí, el ritmo es fundamental, se nos ha dado a entender que el viaje lleva pospuesto mucho tiempo, pero cuando están a punto de subir al tren, cuyo destino es un sueño, hay una pausa, y en el momento de alcanzar el primer escalón ya no hay vuelta atrás.

Las tomas largas y los planos secuencia, también son una parte esencial de la narrativa, en una de las primeras imágenes, de las muchas que se nos quedarán en el corazón, la gente del pueblo sale a ver la nieve como si fuera la primera vez y es casi como ver una pintura.

Angelopoulos es un hombre que se dedició a Grecia y a lo que es “griego” pero esa Grecia está muy alejada de los folletos de turismo, de Mikonos o Santorini, y también está lejos de Atenas y las zonas arqueológicas; aunque los mitos siempre están ahí para recordarnos quienes fueron los creadores del drama y la tragedia, de las grandes épicas y los arquetipos que moldean nuestra cultura.

La Grecia que le interesa a Angelopoulos es la rural, la que nadie ve, la que emigra como única alternativa, la que aún conserva costumbres antiguas, la que recuerda, por que ha vivido las guerras. Siempre hay viajeros en sus  películas y siempre hay artistas.

“El viaje de los comediantes” (1975) es también una “road movie” que sigue la travesía de  un grupo de actores con la única finalidad de representar una obra y a través de ellos podemos conocer la historia de Grecia. Este mismo recurso es utilizado en un magistral plano secuencia de “Paisaje en la Niebla” cuando en una toma de 2 o 3 minutos, se hace una síntesis de la historia del país.

¿A dónde se dirigen los viajeros de los filmes de Angelopoulos? Ese es el tipo de preguntas que nos dejan.

La búsqueda de Alex y Voula es concreta, buscan su origen; pero Orestes, el actor que los acompaña en un buen trecho del viaje, no tiene igual de claro su destino y Angelopoulos nos lo hace evidente cuando sale del agua una mano monumental y se eleva sobre el cielo de Tesalónica, sólo que esa mano no tiene índice y como no hay un dios, tampoco hay respuestas para Orestes.

Cada escena que se nos presenta en una película de Theo Angelopoulos nos obliga a situarnos en un lugar de introspección; un lugar al que no estamos habituados y menos aún en la era de lo inmediato. El mundo de la “selfie” no es un mundo que pueda comprender el cine de Angelopoulos en el cual se plantea justo lo opuesto.

Ver desde fuera, incluyendo al paisaje, pero hacerlo lento muy pausadamente, es lo que nos permite llegar a lo más íntimo de cada personaje. Así es como nos conecta con lo que nos hace humanos; las lágrimas de una niña en la noche porque se da cuenta por primera vez lo que es amar a alguien, no se necesitan palabras para entender su dolor, por eso Orestes le dice “siempre es así la primera vez”.

Me quedo con este cine, con estas visiones, con autores que se comprometen con su entorno y con su historia, que buscan como Harvey Keitel en “La mirada de Ulises” (1995) el origen de su cine, y con ello su propio origen.

Nunca es sencillo este viaje, nos confronta con lo profundo y con lo que no es común explorar, eso es lo que lo convierte no sólo en necesario sino en indispensable.

Cada película de Theo Angelopoulos es una declaración política, por que siempre se da una confrontación entre las dos creaciones humanas más trascendentes: el arte y la violencia. Orestes quiere ser actor, pero lo fuerzan a ir al servicio militar, los actores que viajan de pueblo en pueblo sin un teatro donde poder representar su obra y que son derrotados ante el poder del dinero. Se presente la constante disyuntiva entre lo trascendente y lo efímero. 

Un niño es quién nos muestra la trascendencia del arte al detenerse para escuchar atentamente al violinista que llega a tocar una pieza ante él, su única audiencia, pero que se ve recompensado por el más sincero y conmovedor aplauso.

A veces me parece que Angelopoulos es como ese violinista, que tiene un público minúsculo; pero que a todos y cada uno nos ha conmovido de una forma esencial. Para nadie que haya visto una sola de sus películas, el cine volvió a verse igual; ese el poder de un poeta que por esta ocasión decidió dedicarse al cine.












[1] HORTON, Andrew. “El cine de Theo Angelopoulos Imagen y contemplación. Akal Ediciones. 2001. Madrid, España.


martes, 23 de febrero de 2016

Mi abuela


Han transcurrido casi 2 meses y no he estado lo suficientemente presente, inspirada, o en paz para escribir.

Empecé este espacio solo para mi, y para registrar las palabras que surgen de mis pensamientos, sin embargo tengo una enrome deuda; no he escrito sobre alguien que fue fundamental en mi vida, y a quien he conocido más por los relatos de otras personas que por el tiempo que convivimos juntas.

Socorro Bertha Múñoz Gálvez (creo que ese era su segundo apellido); para todos era simplemente "Corra".

Mi abuela nació en 1908, un 29 de enero, y fue la tercera de cinco hermanos.

Una mujer atípica para su época, rompió con lo establecido, fue precursora y protagonista, era una fuerza por si misma y nunca necesitó un hombre a su lado para trascender.  Lo más importante para mí, es que logró ser un ejemplo de gozo y dicha en todas las vidas que tocó.

El único recuerdo triste que tengo de mi infancia se ubica en la parte trasera de un auto enorme, que se aleja lentamente de un hospital. Me acaban de decir que mi Corra se fue al cielo.

No lloré, tal vez desde entonces las lágrimas se alejan en los momentos más difíciles. Lo que sentí fue un profundo vacío que se replica en mi pecho al escribir estas letras.

4 años tan sólo y Corra marcó mi vida. Recuerdo sus manos con las uñas pintadas de rojo, con un manicura perfecto, arrugadas y llenas de pecas, pero suaves y ataviadas con enormes anillos de muchas piedritas de colores.

El pelo siempre con peinado de "salón" y su olor inconfundible, como una mezcla dulce de flores, madera y vejez.

Corra siempre estaba de buen humor, jugaba con mi hermano y conmigo mientras hacia innumerables llamadas telefónicas, tomaba su café y se fumaba un cigarro.

Nada es tan entrañable para mi como los recuerdos de mi infancia en el inmenso departamento de mi Corra, mientras Pelón y yo jugábamos "parcacé" o "cosmos", comíamos galletas de abanico sopeadas en leche y mi hermano hacía "chapus" para ganar el juego.

Mi abuela era muy distinta a mi madre, tanto como yo.
Hoy, sé lo que hizo y cómo influyó en la vida de miles de mujeres. De manera anónima fue una de las impulsoras de la creación de guarderías para las mujeres que trabajaban en PEMEX.

No estoy segura de cómo o en qué calidad, pero  sé que llegó a viajar a Ginebra, sede de la Organización Internacional del Trabajo para buscar mayores beneficios para las mujeres trabajadoras.

Mi abuela fue más grande de lo que pueden expresar mis palabras, en una época de opresión, pudo liberarse de los atavismos y los dedos que la señalaban por que era una madre sola (mi abuelo la abandonó con 3 hijos pequeños) y ese fue probablemente su impulso para sobresalir.

La salud, fue lo único que abandonó a mi abuela. Padecía dolores terribles por una artritis que nunca la detuvo para realizar viajes por el mundo y para gozar la vida, bailaba con muletas, amaba la música, tomaba martinis y siempre tenía una sonrisa en los labios.

Fue generosa, solidaria y una acérrima defensora de las mujeres, porque ella sabía lo difícil que era sobresalir en un mundo hecho para hombres. Era también una creyente anticlerical.

Fue una gran bailarina en su juventud, tal vez eso era lo que más extrañaba de no poder caminar, pero jamás se quejaba, ni se auto-compadecía.

No lloraba,  ni se lamentaba por el dolor, por lo menos en público. Mi mamá me cuenta que mis primeras palabras fueron "ay, ay, ay"; pasaba mucho tiempo a solas con Corra; seguramente podía expresarse sabiendo que no la delataría.

Sus oraciones eran igual que ella, directas, contundentes: "Ya suéltame, ¿no tienes por ahí otro pendejo?".

Contaba y hacia chistes todo el tiempo, estaba siempre enterada de la moda, la música, las películas del momento; pero sobre todo era AMOR y GOZO.

A mi papá lo quiso como si hubiera sido su hijo, me cuentan que su velorio fue una de las 3 ocasiones en las que se la ha visto llorar.

Al morir, Corra no desapareció, sigue presente en nuestras vidas todo el tiempo, todos los días.

Para mi, es una fuerza y baluarte; una persona que ha adquirido proporciones míticas.

Me gusta creer que Corra estaría orgullosa de mí, que disfrutaríamos charlas interminables, conciertos, viajes.

A veces sueño que solo nos mirarnos a los ojos y acaricio esas manos suaves, llenas de pecas y anillos; cuando despierto en esas raras ocasiones, puedo aún sentir su olor.