No he escrito nada sobre uno de mis autores favoritos. La verdad es que me siento incapaz de hablar de su enorme, de su cósmica manera de escribir; pero por otro lado, creo que es importante tratar de plasmar el gran peso que sus libros han tenido en mi vida. Sé que fui una persona antes y otra muy distinta después de leer sus cartas con Anaïs Nin, Trópico de Capricornio y luego Cáncer; esas obras contribuyeron a transformarme en quien soy. Así de importante es Henry Miller en mi vida.
Si, empecé por otro lado mi romance con Miller, pero creo que, como ya lo he dicho, hay libros que te encuentran cuando deben encontrarte; así me pasó con el cautivador binomio Nin- Miller.
¿Qué ocurre cunado lees a Henry Miller? En mi caso, fue algo físico, esa sensación de cuando estás tan enamorada que crees que el cuerpo no te contiene, sentir que vas a estallar, y no hablo de partes, sino del todo.
En cuanto descubrí el poder que imprime a las palabras, no pude regresar, creo que me hizo mucho más exigente como lectora, y mucho más viva como persona. Tengo mucho que agradecer a Henry Miller, era, según lo que escribe, el ejemplo perfecto de lo que significa VIVIR y amar intensamente, gozosamente, sin ataduras ni morales, ni materiales.
Plenitud y pasión parecen ser sus legados, conservó amigos y amantes a lo largo de su vida, pero no se dejó limitar por las obligaciones de matrimonios, paternidad o patrias, era fiel a una sola persona, a sí mismo.
Generoso con otros autores. Hizo mucho por quienes pensó que necesitaban ser conocidos por sus magníficos trabajos, su gusto era impecable. Sólo él supo defender la obra de escritores que de otro modo no habrían conseguido ser publicados. Inclusive legó a sus seguidores un libro sobre la importancia que algunos libros tuvieron en su vida; no conocería a D.H Lawrence, a Rimbaud o a Hermann Hesse, si no fuera por él.
No se limitó a la creación literaria, exploró la pintura y permitió que sus lectores diéramos un vistazo a su vida personal, íntima; autorizó la publicación de una gran cantidad de cartas que intercambió a lo largo de su vida con amigos, amantes y editores; en esa correspondencia también se vislumbran no sólo su genio y sino la esencia de su persona.
Cumplidos más de 80 años, casi ciego y con los achaques de las enfermedades propias de su edad, aún sostuvo un apasionado romance con una mujer de poco más de 20 años que dio lugar a un intercambio epistolar que se convirtió en su última obra.
Puedo decir sin temor a equivocarme que Henry Miller me cambió la vida, esa es la magia de la literatura, sus alcances son perpetuos, cada vez que leo una carta o un libro suyo vuelvo a experimentar el enorme gozo, la excitación y el poder de sus palabras.